sábado, 5 de marzo de 2016

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Con el paso del tiempo cada vez Cioran queda más atrás, más ligado a una etapa de filosofía punk casi adolescente, lírica en extremo a falta de herramientas para cavar más profundo, con el llanto y el grito como únicas armaduras. Eso por un lado. Pero al volver a sus textos menos dispersos, menos escandalosamente visibles en su desesperación, aquellos en los que opta por desarrollar ideas, fundamentalmente "La caída en el tiempo", aparece un tipo distinto, capaz de una lucidez enorme y de provocar a cada renglón tomas de postura. Al parecer, hay un Cioran para cada época de la vida. En el ensayo "El peligro de la sabiduría", que forma parte de ese libro, hasta lo tenemos casi deleuziano: "Contrariamente a la afirmación del Vedanta, el alma se siente naturalmente inclinada a la multiplicidad y la diferenciación: sólo alcanza su plenitud en medio de simulacros y, si los desenmascara y se aparta de ellos, se debilita. Despierta, se priva de sus poderes y no puede ni desencadenar ni sostener el menor proceso creador." Una lástima ese final, claro. Pero tampoco podemos esperar otra cosa de alguien que, si ponemos en suspenso por un momento su ateísmo manifiesto, en el fondo, sigue esperando que se abra la puerta y llegue el mesías. Así sea para apedrearlo.

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